Cada 13 de abril se celebra el Día Internacional del Beso, una fecha que busca destacar la importancia de este gesto en las relaciones humanas, no solo desde lo afectivo, sino también por sus efectos positivos en la salud.
El origen de la conmemoración se remonta a un récord registrado en Tailandia, donde una pareja protagonizó el beso más largo de la historia durante una celebración de San Valentín. A partir de ese hecho, la fecha quedó instalada como un homenaje a una de las expresiones más universales del vínculo humano.
Aunque suele asociarse al amor o al deseo, el beso tiene raíces mucho más antiguas. Existen registros que lo ubican en la India, donde antiguas esculturas en templos muestran figuras practicándolo, lo que da cuenta de su relevancia cultural desde tiempos remotos.
Pero más allá de lo simbólico, besar tiene efectos concretos en el cuerpo. Durante un beso se activan hasta 36 músculos faciales y se producen cambios fisiológicos inmediatos, como el aumento del ritmo cardíaco. Además, el organismo libera sustancias como dopamina, oxitocina y endorfinas, vinculadas al placer, el bienestar y la reducción del dolor.
Diversos estudios también señalan que los besos pueden tener un efecto analgésico y ayudar a disminuir el estrés, ya que reducen los niveles de cortisol, conocida como la “hormona del estrés”, al tiempo que refuerzan los vínculos afectivos.
Entre sus beneficios, especialistas destacan que besar puede contribuir a mejorar el estado de ánimo, fortalecer el sistema inmunológico a través del intercambio de bacterias que estimulan la producción de anticuerpos, e incluso ayudar a quemar calorías: se estima que un beso de tres minutos puede consumir alrededor de doce.
En definitiva, más que un simple gesto romántico, el beso se consolida como una práctica con impacto emocional y físico, capaz de mejorar el bienestar general y reforzar los lazos entre las personas.
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