Durante décadas, Estados Unidos fue perdiendo capacidad para procesar minerales estratégicos mientras China construía una poderosa industria alrededor de las tierras raras. Hoy, esos materiales son indispensables para fabricar desde teléfonos y autos eléctricos hasta chips, turbinas eólicas y equipamiento militar.
La disputa tecnológica entre Estados Unidos y China no se juega solamente alrededor de los semiconductores, la inteligencia artificial o las grandes empresas digitales. Existe otra batalla, mucho menos visible, que comienza bajo tierra y termina dentro de buena parte de los dispositivos que utilizamos todos los días.
Se trata de las tierras raras, un conjunto de 17 elementos químicos que tienen propiedades fundamentales para numerosas tecnologías modernas.
Neodimio, praseodimio, disprosio, terbio o itrio pueden resultar nombres desconocidos para la mayoría de las personas. Sin embargo, aparecen detrás de motores eléctricos, discos rígidos, teléfonos celulares, sistemas de audio, turbinas eólicas, vehículos eléctricos, equipos médicos, semiconductores y tecnologías aeroespaciales y de defensa.
Y buena parte de esa cadena productiva está hoy bajo control de China.
El verdadero poder está en procesarlas
El nombre puede generar cierta confusión: muchas de las denominadas tierras raras no son particularmente escasas en la corteza terrestre.
El problema está en encontrarlas en concentraciones económicamente aprovechables y, sobre todo, en separarlas, refinarlas y convertirlas en materiales utilizables por la industria.
Es justamente en esa etapa donde China consiguió una posición dominante.
Estimaciones recientes ubican al país asiático con alrededor del 70% de la extracción mundial de tierras raras y aproximadamente el 85% de la capacidad de refinación. Su presencia es todavía mayor en determinados componentes: cerca del 90% de la producción de aleaciones y magnetos de tierras raras pasa por China.
Esto convierte a Beijing en un actor difícil de reemplazar dentro de algunas de las cadenas industriales más sofisticadas del planeta.
¿Cómo llegó China a dominar el mercado?
La situación actual comenzó a construirse hace varias décadas.
Estados Unidos tuvo durante buena parte del siglo XX una importante industria vinculada a estos minerales. Pero desde las décadas de 1980 y 1990 la producción china comenzó a crecer rápidamente y a ofrecer materiales a costos considerablemente menores.
Las importaciones más baratas fueron desplazando progresivamente parte de la producción estadounidense.
Al mismo tiempo, procesar tierras raras implica operaciones químicas complejas, importantes inversiones y problemas ambientales. Los minerales suelen encontrarse mezclados entre sí y, en algunos yacimientos, asociados a elementos radiactivos como el torio y el uranio.
China aceptó durante años costos industriales y ambientales que otros países fueron menos proclives a asumir.
Pero además tomó una decisión estratégica: no limitarse a extraer minerales.
Desarrolló capacidad para separarlos, refinarlos, fabricar aleaciones y producir los poderosos imanes permanentes utilizados posteriormente por industrias de todo el mundo.
De esa manera, el centro de gravedad de la cadena productiva fue desplazándose hacia Asia.
De ventaja industrial a herramienta geopolítica
Lo que durante años parecía principalmente una cuestión de costos se transformó en un asunto estratégico.
La creciente confrontación comercial y tecnológica entre Washington y Beijing demostró que controlar determinados minerales puede ser tan importante como controlar determinadas tecnologías.
China introdujo restricciones y sistemas de licencias para la exportación de algunos minerales estratégicos. Esto puso en evidencia la vulnerabilidad de industrias estadounidenses que necesitan esos materiales para mantener sus líneas de producción.
El problema alcanza sectores tan diversos como la industria automotriz, electrónica, aeroespacial y militar.
Por eso las tierras raras comenzaron a ocupar un lugar central en las negociaciones entre las dos principales potencias económicas.
Estados Unidos intenta reconstruir lo que perdió
Washington comenzó en los últimos años a destinar miles de millones de dólares para recuperar capacidad propia y construir cadenas de suministro alternativas.
El desafío, sin embargo, no consiste simplemente en abrir nuevas minas.
Una cadena completa requiere extracción, separación química, refinación, fabricación de metales y aleaciones y, finalmente, producción industrial de magnetos y componentes.
Reconstruir toda esa infraestructura puede demandar años.
Estados Unidos también busca acuerdos con países como Australia y Japón y promueve proyectos en otros territorios con recursos minerales, mientras impulsa el reciclaje de componentes tecnológicos.
Los primeros resultados comienzan a aparecer, pero la dependencia sigue siendo considerable.
Una disputa detrás de la inteligencia artificial y la transición energética
El dominio sobre estos materiales adquiere todavía mayor importancia ante dos transformaciones que avanzan simultáneamente: la digitalización de la economía y la transición energética.
Los vehículos eléctricos necesitan potentes magnetos para sus motores. Las turbinas eólicas utilizan tierras raras. Centros de datos, dispositivos electrónicos, robots, satélites y equipamiento avanzado también dependen de diferentes minerales críticos.
Es decir, la economía tecnológica necesita no solamente software, algoritmos y chips.
También necesita materia prima.
Y allí aparece una paradoja de la competencia entre Estados Unidos y China: mientras Washington conserva una enorme capacidad en diseño de semiconductores, inteligencia artificial y empresas tecnológicas, Beijing consiguió construir durante décadas una posición dominante en algunos de los materiales necesarios para fabricar el mundo físico que sostiene esas tecnologías.
Una pequeña industria con una enorme influencia
El mercado de las tierras raras es relativamente pequeño si se lo compara con el petróleo, el gas o incluso con el mercado mundial de semiconductores.
Pero su importancia no depende solamente del dinero que mueve.
Depende de qué cosas dejan de fabricarse cuando esos materiales no están disponibles.
Un automóvil puede necesitar apenas algunos kilogramos de tierras raras. Un teléfono utiliza cantidades todavía menores. Sin embargo, sin determinados componentes, esos productos simplemente no pueden terminarse.
Ese es el verdadero poder estratégico de estos minerales.
La disputa por las tierras raras muestra así una cara menos visible de la revolución tecnológica: detrás de la inteligencia artificial, los vehículos eléctricos, los teléfonos inteligentes y las energías renovables existe una gigantesca infraestructura industrial y minera.
Y controlar esa infraestructura también significa controlar una parte del futuro tecnológico.

Comentarios de las entradas (0)