Anteojos inteligentes, relojes, cámaras y dispositivos con inteligencia artificial comienzan a incorporar la capacidad de escuchar, grabar e interpretar permanentemente el mundo que los rodea. La tecnología promete asistentes cada vez más útiles, pero plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con la privacidad de quienes están cerca y nunca aceptaron ser registrados?
Durante años, la discusión sobre privacidad digital estuvo concentrada principalmente en nuestros teléfonos y computadoras: qué información entregamos a las aplicaciones, qué sitios visitamos, dónde estamos o qué datos utilizan las grandes plataformas para construir nuestros perfiles.
La inteligencia artificial está trasladando esa discusión al mundo físico.
Una nueva generación de dispositivos tecnológicos puede observar, escuchar, grabar, transcribir e interpretar aquello que sucede alrededor de sus usuarios.
Anteojos inteligentes, relojes, pequeños asistentes personales y cámaras equipadas con IA prometen convertirse en una extensión permanente de nuestros sentidos.
El problema es que no solamente registran a quien compró el dispositivo.
También pueden registrar a todos los demás.
Cuando el dispositivo escucha todo el tiempo
Apple presentó recientemente nuevas funciones para sus relojes capaces de trabajar con conversaciones que ocurren alrededor del usuario.
Entre ellas aparece Live Rewind, que utiliza un buffer temporal para procesar los últimos segundos de una conversación, y Siri Recap, diseñada para generar resúmenes de lo ocurrido durante el día.
La compañía sostiene que incorporó mecanismos para proteger la privacidad.
Entre otras medidas, el dispositivo puede emitir una señal sonora cuando comienza determinadas funciones de transcripción y el procesamiento está diseñado para limitar la información almacenada.
Sin embargo, la aparición de estas herramientas abrió inmediatamente un debate.
Porque existe una diferencia importante entre aceptar que nuestro propio reloj nos escuche y que el reloj de otra persona pueda escucharnos a nosotros.
Los anteojos cambiaron las reglas
Los anteojos inteligentes muestran todavía con mayor claridad el problema.
Los modelos desarrollados por Meta junto a Ray-Ban incorporan cámaras, micrófonos e inteligencia artificial dentro de un objeto que, a simple vista, puede parecer un par de anteojos convencional.
El usuario puede tomar fotografías, grabar videos, escuchar música, realizar llamadas o pedir información a un asistente mediante comandos de voz.
Pero también puede registrar a las personas que tiene delante.
Meta incorporó una luz LED para indicar cuándo los anteojos están grabando y anunció medidas para impedir que la cámara funcione cuando ese indicador es manipulado u ocultado.
La pregunta, sin embargo, continúa abierta:
¿alcanza una pequeña luz para considerar que las personas que aparecen frente a una cámara dieron su consentimiento?
Personas convertidas en contenido
El problema ya dejó de ser hipotético.
Trabajadores de comercios y servicios en Estados Unidos denunciaron situaciones en las que personas utilizaron anteojos inteligentes para grabarlos mientras realizaban bromas o provocaciones destinadas posteriormente a convertirse en contenido para redes sociales.
La situación introduce una diferencia respecto de un teléfono celular.
Cuando alguien levanta un teléfono y apunta su cámara resulta relativamente sencillo advertir que está filmando.
Con unos anteojos inteligentes esa frontera se vuelve mucho menos evidente.
La persona que conversa frente al usuario puede no saber exactamente cuándo está siendo registrada, qué está capturando el dispositivo ni qué ocurrirá posteriormente con ese material.
De grabar a comprender
La inteligencia artificial agrega una segunda dimensión.
Una cámara tradicional registra.
Los nuevos dispositivos pueden además interpretar aquello que registran.
Pueden reconocer objetos, transcribir conversaciones, resumir reuniones, responder preguntas sobre lo que el usuario está viendo y relacionar diferentes fragmentos de información.
La diferencia es enorme.
Una conversación que antes desaparecía después de producirse puede transformarse en texto.
Ese texto puede almacenarse.
Puede buscarse.
Puede resumirse.
Puede combinarse con otros datos.
Y eventualmente puede ser procesado por sistemas de inteligencia artificial.
El problema del consentimiento
Durante décadas construimos buena parte de nuestras relaciones sociales bajo una premisa sencilla: no todo lo que decimos queda registrado.
Una conversación en un bar, una pregunta realizada en un comercio o un comentario durante una reunión podían ser momentos esencialmente pasajeros.
Los dispositivos de registro permanente pueden modificar esa expectativa.
Y aparece entonces un problema difícil de resolver: el consentimiento.
Las empresas pueden pedir autorización al propietario del dispositivo para procesar sus datos.
Pero resulta mucho más complejo obtenerla de todas las personas que pasan frente a una cámara o hablan cerca de un micrófono.
En algunos países y jurisdicciones, además, las leyes establecen diferentes requisitos para registrar conversaciones privadas.
La tecnología avanza más rápido que muchas de esas normas.
¿Quién debe proteger la privacidad?
Otra cuestión atraviesa el debate: sobre quién recae la responsabilidad.
Las compañías tecnológicas incorporan indicadores luminosos, sonidos de advertencia y recomendaciones sobre cómo utilizar correctamente sus dispositivos.
Para sus críticos, eso puede terminar trasladando el problema hacia las personas que se encuentran alrededor.
En ese escenario, sería el ciudadano quien tendría que aprender a identificar una pequeña luz en unos anteojos o reconocer un determinado sonido para saber que puede estar siendo registrado.
La discusión entonces deja de ser solamente tecnológica.
Se convierte también en una cuestión social.
La carrera por reemplazar al teléfono
Existe además una enorme oportunidad comercial detrás de esta transformación.
Las grandes compañías tecnológicas buscan desde hace años cuál podría ser el dispositivo que algún día reduzca nuestra dependencia del smartphone.
Los anteojos inteligentes aparecen como uno de los principales candidatos.
Su ventaja es evidente: están permanentemente frente a nuestros ojos y pueden escuchar nuestra voz sin necesidad de sacar ningún dispositivo del bolsillo.
Combinados con inteligencia artificial, podrían ofrecer información instantánea sobre aquello que estamos viendo, traducir conversaciones, recordar nombres, registrar reuniones, orientarnos por una ciudad o responder preguntas en tiempo real.
Pero justamente las características que los hacen tan poderosos son las que generan los mayores interrogantes.
Para ser verdaderamente útiles necesitan ver y escuchar el mundo permanentemente.
El desafío será establecer límites
La discusión probablemente no pase por decidir simplemente si estos dispositivos deben existir o desaparecer.
La tecnología ya está avanzando.
El desafío será establecer qué límites deberán respetar.
Cuándo pueden grabar.
Cómo deben advertirlo.
Durante cuánto tiempo pueden conservar información.
Dónde se procesan esos datos.
Quién puede acceder a ellos.
Y, fundamentalmente, qué derechos conserva una persona que nunca compró el dispositivo pero terminó registrada por él.
La inteligencia artificial promete convertirse en una presencia cada vez más permanente en nuestra vida cotidiana.
Hasta ahora nos preocupaba principalmente cuánto sabían nuestros teléfonos sobre nosotros.
La próxima pregunta puede ser bastante más compleja:
¿cuánto pueden saber sobre nosotros los dispositivos que llevan los demás?
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