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Oktubre: 40 años del disco con el que Los Redondos hicieron de la oscuridad una revolución

today25 octubre, 2026

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Publicado el 4 de octubre de 1986, el segundo álbum de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue mucho más que nueve canciones. Grabado en plena recuperación democrática, con influencias del post-punk, una estética revolucionaria y una producción independiente, terminó convirtiéndose en una de las obras más influyentes del rock argentino. Detrás de su historia hay grabaciones artesanales, decisiones sonoras discutidas y una portada que se transformó en símbolo de varias generaciones.

En octubre de 1986, la Argentina llevaba menos de tres años de democracia. Todavía estaban presentes las heridas de la dictadura, la memoria de Malvinas, las tensiones políticas y una sensación de incertidumbre que convivía con la efervescencia cultural de aquellos años.

En ese escenario, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota publicó Oktubre, un disco que parecía surgir de un territorio diferente al de buena parte del rock argentino de entonces.

Mientras numerosas bandas exploraban el pop, los sintetizadores y los nuevos sonidos bailables, Los Redondos construyeron un álbum áspero, inquietante, cargado de imágenes políticas, guitarras cortantes y atmósferas cercanas al post-punk británico.

El resultado fue una obra de apenas nueve canciones que, cuatro décadas después, conserva una potencia singular.

Pero Oktubre también representa un momento decisivo en la historia del grupo: el paso de una experiencia artística vinculada al circuito alternativo platense hacia una banda que comenzaba a desarrollar su propio lenguaje musical, visual y cultural.

De Gulp! a Oktubre: el momento en que todo comenzó a cambiar

Los Redondos habían publicado Gulp!, su primer álbum, en 1985. Hasta entonces, la banda había construido su identidad a partir de presentaciones donde convivían el rock, el teatro, las performances y los monólogos de Enrique Symns.

Aquellos espectáculos eran parte de una experiencia colectiva difícil de encasillar dentro de los formatos tradicionales de la industria musical.

Con Oktubre, la propuesta comenzó a concentrarse definitivamente en las canciones.

El Indio Solari y Skay Beilinson consolidaron una sociedad compositiva que encontraría en este álbum uno de sus primeros momentos de madurez.

La banda decidió invertir en una grabación más elaborada, con mejores recursos técnicos y una búsqueda sonora que se alejaba de la crudeza de su debut.

Ese cambio también coincidió con una transformación en la vida cotidiana de sus integrantes. La música empezaba a convertirse en una actividad profesional y ya no solamente en una expresión artística sostenida desde la independencia.

Las primeras canciones se ensayaron en una grabadora de cuatro pistas

Uno de los detalles menos conocidos de Oktubre es que parte de su gestación tuvo lugar lejos de los grandes estudios.

Antes de ingresar a Panda, el Indio y Skay trabajaron sobre algunas composiciones utilizando una pequeña grabadora portátil de cuatro pistas en la casa del saxofonista Gonzalo Palacios.

Entre las canciones que comenzaron a tomar forma en aquellas sesiones estaba Motor Psico.

Ese procedimiento permitía registrar instrumentos, superponer sonidos y experimentar con arreglos sin necesidad de contratar un estudio profesional.

En agosto y septiembre de 1986, la banda finalmente ingresó a los estudios Panda de Buenos Aires, donde trabajó con el técnico Osvel Costa.

La diferencia tecnológica respecto de Gulp! fue importante: pasaron de una grabación realizada con una consola de 16 canales a trabajar con un equipamiento de 24 canales, que ofrecía mayores posibilidades para construir el sonido del disco.

Daniel Melero y una conexión inesperada con la música electrónica

La formación que registró Oktubre incluía al Indio Solari en voz, Skay Beilinson y Tito Fargo en guitarras, Semilla Bucciarelli en bajo, Piojo Ábalos en batería y Willy Crook en saxofón.

Pero entre los músicos invitados aparece un nombre especialmente interesante: Daniel Melero.

El músico, vinculado a Los Encargados y a la experimentación electrónica argentina, participó en los teclados, aportando una sensibilidad musical que conectaba con otras búsquedas de la escena de los ochenta.

También intervino Claudio Cornelio en percusión.

La presencia de Melero es significativa porque muestra que el universo de Los Redondos no estaba aislado de las transformaciones musicales de su tiempo.

Aunque el resultado final fue un disco predominantemente guitarrero, sus texturas, ambientes y arreglos revelan una preocupación por el sonido que iba mucho más allá del rock tradicional.

Un sonido oscuro que no convenció a todos

Hoy resulta difícil imaginar Oktubre sin su característica atmósfera distante, cargada de reverberación y cierta sensación de encierro.

Sin embargo, esa sonoridad no fue recibida con entusiasmo por todos sus protagonistas.

Años después, Willy Crook cuestionó el uso excesivo de reverberación durante las sesiones. Su observación reflejaba una discusión sobre el resultado técnico de la grabación.

Paradójicamente, aquello que algunos músicos consideraban una limitación terminó convirtiéndose en una de las características más reconocibles del álbum.

La voz del Indio parece surgir desde un espacio cerrado y amenazante. Las guitarras de Skay y Tito Fargo atraviesan las canciones con un sonido filoso, mientras que el bajo de Semilla Bucciarelli sostiene buena parte de la tensión musical.

La batería de Piojo Ábalos aporta un pulso seco y persistente, cercano en varios pasajes a las estructuras del post-punk.

Más que una colección de canciones, Oktubre funciona como un paisaje sonoro coherente: una sucesión de escenas oscuras que parecen formar parte de una misma historia.

Rocambole y la tapa que se convirtió en una bandera

La dimensión visual de Oktubre merece un capítulo propio.

Ricardo Cohen, conocido como Rocambole, diseñó una portada que terminaría trascendiendo el formato discográfico.

La imagen presenta una multitud de rostros y banderas, dominada por el rojo, el negro y el gris. Su estética remite a la iconografía revolucionaria, particularmente a las representaciones de la Revolución Rusa de octubre de 1917.

El propio artista contó que la idea surgió de conversaciones con el Indio Solari, quien imaginaba multitudes y banderas como elementos centrales de la composición.

En la contratapa aparece la Catedral de La Plata en llamas, una imagen que refuerza el carácter provocador y simbólico de la obra.

Pero hay otro detalle que suele confundirse con la portada original.

El célebre esclavo que rompe sus cadenas no formaba parte de la tapa de Oktubre.

Rocambole lo dibujó posteriormente para anunciar una presentación del álbum. Según recordó el artista, realizó aquella ilustración con materiales improvisados mientras trabajaba contra el tiempo en un café de Buenos Aires.

Con los años, esa figura se transformó en uno de los símbolos más reconocibles del universo ricotero, reproducida en banderas, murales, remeras y tatuajes.

La historia revela hasta qué punto el imaginario visual de Los Redondos adquirió una vida propia, incluso más allá de las canciones.

Nueve canciones para retratar una época

El repertorio de Oktubre puede escucharse como un recorrido por diferentes tensiones de los años ochenta.

Fuegos de octubre abre el álbum con una atmósfera de conflicto y transformación. Preso en mi ciudad introduce una mirada inquietante sobre el encierro y la vida urbana.

Música para pastillas y Semen-Up combinan ironía, sensualidad y personajes que parecen desplazarse por los márgenes de la sociedad.

En Divina TV Führer, la presencia de los medios de comunicación aparece vinculada a imágenes de manipulación y autoritarismo, una temática que conserva resonancias contemporáneas.

Motor Psico propone uno de los momentos de mayor intensidad del disco, mientras que Canción para naufragios despliega una atmósfera atravesada por la amenaza y la incertidumbre.

El cierre, con Ya nadie va a escuchar tu remera, deja una sensación de desencanto que parece dialogar con buena parte del universo lírico del Indio.

Las letras nunca ofrecen interpretaciones definitivas. Solari construye escenas fragmentadas, personajes ambiguos y asociaciones que invitan al oyente a completar sus propios significados.

Esa apertura interpretativa se convertiría en una de las características fundamentales de Los Redondos.

Jijiji: de canción de estudio a ritual colectivo

Entre las nueve composiciones aparece Jijiji, probablemente la canción que alcanzaría la mayor dimensión popular en la historia de la banda.

En su versión original, el tema forma parte del clima oscuro y alucinatorio del álbum, con una estructura musical que combina tensión, cambios de intensidad y una interpretación vocal particularmente expresiva.

Con el paso de los años, la canción adquirió una segunda identidad.

Durante los recitales de Los Redondos, su interpretación se transformó en el momento culminante de una experiencia colectiva que terminaría siendo conocida como el pogo más grande del mundo.

Miles de personas saltando al mismo tiempo, convertidas en una multitud que parecía moverse como un solo cuerpo.

Resulta llamativo que una composición nacida dentro de un disco tan sombrío terminara convertida en una de las expresiones más intensas de celebración del rock argentino.

La independencia como forma de identidad

Otro aspecto fundamental de Oktubre fue su modelo de producción.

Los Redondos desarrollaron su trayectoria manteniendo un fuerte control sobre sus decisiones artísticas, su imagen y la relación con el público.

Esa independencia no era solamente una estrategia comercial. Formaba parte de una concepción cultural que desconfiaba de las estructuras tradicionales de la industria discográfica.

La figura de Carmen Castro, conocida como la Negra Poli, resultó central en la organización y producción del proyecto.

La banda fue construyendo una relación directa con sus seguidores, sostenida por los conciertos, la circulación de sus discos y una identidad visual reconocible.

Años después, ese vínculo alcanzaría dimensiones multitudinarias y daría origen a uno de los fenómenos sociales más singulares de la música argentina.

Cuarenta años después, Oktubre sigue siendo una obra abierta

La historia posterior de Los Redondos convirtió a la banda en un fenómeno que excedió ampliamente lo musical.

Los grandes recitales, la masividad, las interpretaciones de las letras y la separación del grupo en 2001 fueron agregando nuevas capas a una mitología que había comenzado a tomar forma mucho antes.

Sin embargo, escuchar Oktubre cuatro décadas después permite recuperar algo anterior a todo eso: una banda que todavía estaba experimentando, buscando su sonido y tratando de construir una identidad diferente.

En apenas nueve canciones aparecen algunas de las claves que definirían su trayectoria: la ambigüedad poética del Indio, las guitarras de Skay, la autonomía artística, el universo gráfico de Rocambole y una relación singular con el contexto político y cultural argentino.

Oktubre no fue solamente el segundo disco de Los Redondos. Fue el momento en que una banda surgida de la contracultura platense comenzó a construir un lenguaje propio que, cuarenta años después, sigue formando parte de la memoria colectiva del rock argentino.

 

Escrito por Diario Sonar

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