El cuestionario MIDAS evalúa el impacto de las crisis durante los últimos tres meses, teniendo en cuenta ausencias y pérdida de rendimiento en el trabajo, el estudio, las tareas domésticas y la vida social. Es una herramienta orientativa y no reemplaza la consulta médica.
La migraña no se mide solamente por la intensidad del dolor. También importa cuánto modifica la vida de quien la padece: días de trabajo perdidos, dificultades para estudiar, tareas que quedan pendientes o encuentros familiares y sociales que deben cancelarse.
En Argentina se estima que cerca de una de cada diez personas vive con migraña, lo que representaría más de cuatro millones de habitantes. Además, aproximadamente tres de cada cuatro casos corresponden a mujeres.
Las crisis pueden presentarse con dolor de cabeza acompañado por náuseas, vómitos y una marcada sensibilidad a la luz o los sonidos. En algunos casos, los síntomas pueden dificultar o impedir actividades habituales como trabajar, estudiar, conducir o cuidar a otras personas.
“Cuando hablamos de migraña, no alcanza con preguntar cuánto duele. Necesitamos saber qué le impide hacer ese dolor a la persona”, explicó Natalia Larripa, médica neuróloga e integrante de la Clínica de Cefaleas de FLENI y del Hospital Austral.
Una de las herramientas utilizadas internacionalmente para conocer ese impacto es el MIDAS (Migraine Disability Assessment), un breve cuestionario que analiza lo ocurrido durante los últimos tres meses.
Las preguntas buscan determinar cuántos días la persona faltó al trabajo o al estudio por una migraña; cuántos asistió pero rindió menos de la mitad de lo habitual; qué impacto tuvieron las crisis sobre las tareas domésticas y cuántas actividades familiares, sociales o recreativas debieron suspenderse. También consulta la cantidad de días con dolor de cabeza y su intensidad.
Uno de los aspectos relevantes del MIDAS es que no contabiliza únicamente las ausencias. También intenta detectar el llamado presentismo: situaciones en las que una persona continúa trabajando, estudiando o realizando sus actividades, pero lo hace con una capacidad considerablemente reducida debido a los síntomas.
“A veces el paciente nos dice ‘tengo dos o tres crisis por mes’ y ese número, aislado, no cuenta toda la historia”, señaló Larripa. Una frecuencia aparentemente baja puede tener un impacto importante si cada episodio implica perder jornadas laborales, dejar de cuidar a los hijos o cancelar actividades de manera recurrente.
El cuestionario arroja un puntaje que clasifica la discapacidad asociada a la migraña desde mínima o nula hasta leve, moderada o severa. No constituye un diagnóstico ni sustituye la evaluación profesional, pero puede aportar información útil para una consulta médica.
La migraña cuenta actualmente con diferentes alternativas de tratamiento, tanto para controlar las crisis cuando aparecen como para prevenirlas en determinados pacientes. La evaluación médica también permite distinguirla de otros tipos de cefaleas y definir el abordaje más adecuado para cada caso.
“Si el resultado muestra que la migraña está interfiriendo de manera moderada o severa con las actividades cotidianas, es una señal clara de que vale la pena conversarlo con un profesional”, indicó Larripa.
Más allá de contar cuántas veces aparece el dolor, la propuesta del cuestionario apunta a una pregunta más amplia: cuántos días, actividades y momentos de la vida cotidiana se están perdiendo o atravesando con limitaciones a causa de la migraña.
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