El cáncer colorrectal se consolidó como una de las enfermedades oncológicas de mayor crecimiento en América Latina, donde el aumento de casos y fallecimientos plantea nuevos desafíos para los sistemas de salud en materia de prevención, diagnóstico oportuno y acceso a tratamientos innovadores.
De acuerdo con datos del Observatorio Global del Cáncer (Globocan), durante 2022 se registraron más de 145.000 nuevos casos y cerca de 74.000 muertes por esta enfermedad en América Latina y el Caribe. Se trata del segundo tipo de cáncer con mayor incidencia en la región entre hombres y mujeres.
Especialistas advierten que el cáncer colorrectal afecta principalmente a personas mayores de 50 años, aunque en los últimos años se observa un incremento de diagnósticos en adultos jóvenes. Además, destacan que suele tener una evolución lenta, ya que el proceso desde la aparición de lesiones precancerosas hasta el desarrollo de un tumor puede extenderse entre 10 y 15 años.
Esta característica convierte a la detección temprana en una herramienta fundamental para reducir la mortalidad y mejorar las posibilidades de tratamiento. Sin embargo, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) alertó que muchos países de la región aún enfrentan dificultades para implementar programas de tamizaje y diagnóstico precoz debido a limitaciones de infraestructura, financiamiento y cobertura.
En el marco de la reunión anual de la American Society of Clinical Oncology (ASCO), se presentaron avances en tratamientos dirigidos para pacientes con cáncer colorrectal metastásico y mutación BRAF V600E, uno de los subtipos más agresivos de la enfermedad. Los resultados refuerzan el desarrollo de terapias personalizadas basadas en medicina de precisión, capaces de actuar sobre alteraciones genéticas específicas.
En Argentina, durante 2022 se registraron 15.863 nuevos casos y alrededor de 8.800 muertes vinculadas al cáncer colorrectal. Las cifras se encuentran entre las más altas de la región, junto con las de Brasil y México.
Los especialistas recuerdan que en las etapas iniciales la enfermedad puede no presentar síntomas o manifestarse de manera leve. Entre los principales signos de alerta se encuentran cambios persistentes en el hábito intestinal, presencia de sangre en las heces, dolor abdominal frecuente, pérdida de peso sin causa aparente, cansancio persistente y anemia por déficit de hierro.
Frente a este escenario, organismos internacionales y profesionales de la salud coinciden en que fortalecer la prevención, promover controles periódicos y ampliar el acceso a diagnósticos y tratamientos son claves para reducir el impacto de una enfermedad que continúa creciendo en toda la región.
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