Empresas y gobiernos invierten en sistemas capaces de retirar dióxido de carbono de la atmósfera y almacenarlo durante décadas o siglos. Sin embargo, la industria enfrenta costos elevados, dificultades para crecer y una distancia enorme entre las toneladas prometidas y las efectivamente eliminadas.
La idea parece sencilla: si el planeta acumula demasiado dióxido de carbono, ¿por qué no construir máquinas capaces de retirarlo del aire?
Esa pregunta impulsó durante los últimos años una nueva industria tecnológica dedicada a la eliminación de carbono, conocida internacionalmente como carbon dioxide removal (CDR).
Su objetivo es extraer parte del CO₂ que ya se encuentra en la atmósfera y almacenarlo de manera suficientemente duradera para evitar que continúe contribuyendo al calentamiento global.
Pero después de años de inversiones, anuncios y proyectos experimentales, la industria enfrenta una realidad incómoda: todavía elimina una cantidad mínima de carbono en comparación con las emisiones que genera la actividad humana.
Un análisis publicado por MIT Technology Review plantea que el sector está entrando en una etapa decisiva. Ya no alcanza con anunciar grandes contratos o presentar tecnologías innovadoras. Ahora necesita demostrar que puede funcionar a escala industrial.
La enorme distancia entre las promesas y los resultados
Según los registros del sector citados en el análisis, las empresas dedicadas a la eliminación tecnológica de carbono habían anunciado acuerdos para retirar aproximadamente 38 millones de toneladas de CO₂.
La cifra parece importante, pero equivale a unos pocos días de emisiones energéticas de Estados Unidos.
La diferencia se vuelve todavía más evidente al observar las entregas efectivas.
Hasta ese momento, los proyectos registrados habían eliminado alrededor de 940.000 toneladas.
Es decir, menos de un millón de toneladas frente a compromisos comerciales que superaban los 38 millones.
Esto no significa necesariamente que todos los proyectos hayan fracasado. Muchos contratos contemplan entregas distribuidas durante varios años.
Sin embargo, muestra que el crecimiento comercial anunciado todavía no se había traducido en una capacidad equivalente de eliminación real.
El desafío es enorme: para influir significativamente sobre las concentraciones atmosféricas, estas tecnologías deberían operar a escalas muy superiores.
¿Cómo se captura dióxido de carbono directamente del aire?
Una de las tecnologías más conocidas es la captura directa de aire, identificada por sus siglas en inglés, DAC.
Su funcionamiento utiliza grandes equipos que hacen circular aire ambiental a través de materiales capaces de retener el dióxido de carbono.
Después, mediante procesos químicos y térmicos, el CO₂ se separa y concentra.
Ese gas puede almacenarse en formaciones geológicas profundas, donde se busca mantenerlo aislado de la atmósfera durante períodos prolongados.
La tecnología tiene una ventaja importante: puede instalarse en lugares alejados de las fuentes de emisiones, siempre que existan condiciones adecuadas de energía, infraestructura y almacenamiento.
Pero presenta dificultades considerables.
El CO₂ representa apenas una pequeña fracción del aire, por lo que capturarlo requiere procesar volúmenes enormes.
Además, separar el gas consume energía y exige instalaciones industriales complejas.
Por eso, retirar una tonelada de dióxido de carbono mediante estos sistemas puede resultar considerablemente más costoso que evitar su emisión mediante otras medidas.
No todas las soluciones necesitan máquinas gigantes
La eliminación de carbono incluye alternativas muy diferentes.
Una de ellas es el biocarbón o biochar, producido mediante el calentamiento de residuos vegetales en condiciones de poco oxígeno.
Este proceso transforma parte del carbono contenido en la biomasa en un material relativamente estable.
Cuando se utiliza adecuadamente en suelos u otras aplicaciones, una proporción de ese carbono puede permanecer almacenada durante períodos prolongados.
Otra técnica consiste en acelerar la meteorización de determinadas rocas.
Algunos minerales reaccionan naturalmente con el dióxido de carbono y pueden contribuir a fijarlo en compuestos estables.
Los investigadores estudian cómo acelerar esas reacciones mediante el tratamiento y la distribución de materiales minerales.
También existen proyectos que utilizan biomasa para producir energía y capturan parte del CO₂ generado durante el proceso.
En todos los casos, el beneficio climático depende de realizar balances completos que contemplen la energía consumida, el transporte, los cambios en el uso del suelo y la permanencia del carbono almacenado.
No alcanza con capturar CO₂: es necesario demostrar que la operación elimina más gases de efecto invernadero de los que genera.
Microsoft y el negocio de comprar carbono eliminado
Uno de los principales motores comerciales de esta industria ha sido el compromiso climático de grandes compañías tecnológicas.
Empresas como Microsoft han firmado contratos para financiar proyectos que prometen retirar dióxido de carbono durante los próximos años.
La lógica consiste en pagar por toneladas verificadas de carbono eliminado de la atmósfera.
Estos acuerdos ayudan a financiar tecnologías que todavía no cuentan con mercados suficientemente grandes.
Sin embargo, también revelan una debilidad.
Una industria que depende de un número reducido de compradores queda expuesta a cambios en sus presupuestos, prioridades o estrategias ambientales.
Durante 2025, Microsoft concentró una proporción extraordinariamente elevada de las compras anunciadas en el mercado de eliminación de carbono.
Esto demuestra la importancia de la empresa para el sector, pero también plantea interrogantes sobre la posibilidad de sostener el crecimiento sin una demanda mucho más diversificada.
El problema de los costos
Capturar carbono es posible. Hacerlo de manera económica y a gran escala es mucho más difícil.
Los proyectos necesitan infraestructura, electricidad, materiales, transporte y sistemas capaces de verificar que el CO₂ efectivamente fue retirado y almacenado.
Además, los inversores deben esperar años antes de que muchas instalaciones alcancen su capacidad comercial.
Para reducir los costos, los desarrolladores buscan mejorar los materiales de captura, utilizar fuentes energéticas de bajas emisiones e integrar sus procesos con instalaciones industriales existentes.
Algunas compañías exploran la posibilidad de aprovechar residuos, instalaciones de tratamiento de agua o procesos productivos que ya generan determinadas corrientes de materiales.
El objetivo es evitar que cada proyecto necesite construir toda su infraestructura desde cero.
Pero todavía no existe una solución universal que permita retirar enormes cantidades de CO₂ a un costo bajo.
Una industria que necesita demostrar resultados
El entusiasmo inicial por la eliminación tecnológica de carbono estuvo acompañado por inversiones de capital de riesgo, subsidios y compromisos empresariales.
Con el tiempo, comenzó una etapa de mayor exigencia.
Los compradores quieren conocer cuánto carbono se retira realmente, durante cuánto tiempo permanece almacenado y qué garantías existen sobre los resultados.
También resulta necesario diferenciar las toneladas contratadas de las efectivamente entregadas.
La verificación es especialmente importante porque el dióxido de carbono puede volver a liberarse si los sistemas de almacenamiento fallan o si determinados materiales se degradan.
Por eso, los especialistas destacan la necesidad de desarrollar estándares transparentes y mecanismos independientes de control.
Sin esas garantías, los créditos comerciales podrían representar beneficios climáticos menores a los anunciados.
¿Puede la eliminación de carbono resolver el cambio climático?
La respuesta depende de qué papel se espere que cumpla.
Estas tecnologías podrían resultar necesarias para compensar una parte de las emisiones difíciles de eliminar, como las asociadas con determinados procesos industriales, la aviación o algunas actividades agropecuarias.
También podrían contribuir, a largo plazo, a reducir parte del exceso de CO₂ acumulado en la atmósfera.
Pero existe un límite fundamental.
Retirar carbono no reemplaza la necesidad de reducir las emisiones desde su origen.
Si la humanidad continúa liberando grandes cantidades de gases de efecto invernadero, las tecnologías de eliminación deberán enfrentar una demanda cada vez mayor.
Y actualmente su capacidad es demasiado pequeña para equilibrar ese volumen.
La reducción del uso de combustibles fósiles, la eficiencia energética y el desarrollo de fuentes de energía de bajas emisiones siguen siendo medidas centrales.
La eliminación de carbono podría complementar esas estrategias, pero no sustituirlas.
Del entusiasmo tecnológico a la realidad industrial
El futuro de esta industria dependerá de varios factores: la reducción de costos, el desarrollo de proyectos comerciales confiables, la existencia de compradores y las políticas públicas.
También será decisiva la capacidad de demostrar que las tecnologías funcionan fuera del laboratorio y pueden sostener operaciones durante muchos años.
La eliminación de dióxido de carbono representa una posibilidad científica real.
Sin embargo, todavía existe una distancia enorme entre desarrollar una tecnología prometedora y convertirla en una herramienta capaz de influir sobre el clima mundial.
El sector está comenzando a atravesar esa transición.
La pregunta ya no es solamente si podemos capturar carbono del aire. Es si podremos hacerlo en cantidades suficientes, a costos razonables y con garantías de que permanezca fuera de la atmósfera.
Y, sobre todo, si lograremos reducir las emisiones lo bastante rápido como para que esas tecnologías tengan una oportunidad real de contribuir a estabilizar el clima.
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