La vuelta de Oasis a los escenarios deja tres certezas: es un negoción en términos económicos, es el triunfo de Peggy Gallagher y es el regreso más en forma que se le ha visto a una banda de rock.
Cada una de esas afirmaciones tuvieron su explicación en los shows que la banda de los hermanos Gallagher dio en Buenos Aires el fin de semana del 15 y 16 de noviembre.
Lo primero: agotaron tickets en cada uno de los países que el Oasis Live ’25 puso pie, y pusieron en marcha una maquinaria espectacular de venta de merchandising empujada por una colección de ropa en alianza con Adidas que está llamada a trascender los límites del fan que compra la remera de su banda favorita. En la cancha de River hay más puestos de merchandising que de comida, al punto que ubicaron dos en el campo trasero dificultando la visión del escenario. Y ni hablar de la venta ambulante con las versiones “truchas” en los alrededores, donde los artículos volaban. Aparte, un local exclusivo en el shopping Alto Palermo donde todos los días hay fila para ingresar. Nadie se quiere perder la nueva moda: Oasis está de regreso y el diseño de Brian Cannon para los primeros shows es -más de 30 años después- un signo de los tiempos.
Noel y Liam Gallagher nacieron en un hogar de clase trabajadora en Manchester donde su mamá Peggy hacía lo imposible criar a sus tres hijos en soledad. Noel, el del medio, empezó a viajar por el mundo a fines de los ’80s. como plomo de los Inspiral Carpets y cuando volvió a casa se encontró con que su hermano menor ya no era un proyecto de delincuente juvenil y sorprendentemente cantaba en una banda que había armado con algunos amigos. Se subió al proyecto con las canciones que ya componía y Peggy puso a sus hijos en manos de una banda de rock and roll: para ella era una tranquilidad que Liam pase tiempo con Noel, sabía que no tenía muchas chances de controlarlos y lo mejor era que se cuidaran mutuamente haciendo lo que les gustaba.
Casi dos décadas después, el idilio musical de los hermanos se había transformado en una familia rota. El ascenso meteórico, las giras, las grabaciones y el combo de excesos detonaron la relación de los hermanos que dejaron de hablarse para no matarse. Desde la pelea en París en 2009 hasta el anuncio del regreso fue un compás de espera eterno para que triunfe el deseo de Peggy de tener a su hijos juntos.
Con la mediación de Paul “Bonehead” Arthurs (el único del grupo fundador que sigue con ellos), Liam y Noel finalmente se pusieron de acuerdo, firmaron contratos y salieron a la ruta.
Desde el primer show en Cardiff en julio hasta este cierre con el tramo sudamericano del tour, la lista de canciones de Oasis en su regreso se mantuvo inalterable. Quizá sea una forma de evitar desacuerdos entre los hermanos pero está perfectamente curada. Y además, la banda suena impecable (más no perfecta, lo que lo hace mejor) y Argentina fue testigo: un show de rock apoyado en los himnos que compuso Noel, luces y gráficas sobrias, dos pantallas enormes y una silueta tamaño real de Pep Guardiola como amuleto.
Liam es un frontman que se planta y canta como en sus mejores años (hubo épocas donde a esa garganta de hooligan le era difícil terminar una presentación), saluda y agita a un público que está rendido a confirmar la sinergia histórica que tiene con la banda. Ellos mismos han repetido a lo largo de los años que los shows en este país son diferentes y todos (músicos y público) actúan en consecuencia. Así fue en la primera noche (sobre la cual está crónica fue escrita) y lo será en la segunda.
Para el segundo tema, Acquiesce, el Monumental de Núñez parece una cama elástica gigante en el estribillo. “Nos necesitamos mutuamente, creemos el uno en el otro” canta Noel y es otra certeza. Ese primer tramo son nueve canciones para poner a prueba las piernas: abrieron con Hello y siguieron Morning Glory, Some Might Say, Bring It On Down, Cigarettes & Alcohol (con la coreo del “poznan” donde el público salta de espaldas en el riff inicial), Fade Away, Supersonic y Roll With It.
Liam descansa y Noel toma la voz principal y el público en sus manos. Canta dos canciones que son los extremos de ese viaje de vida: Half The World Away (sobre querer irse de un pueblo gris) y Talk Tonight (la compuso cuando abandonó temporalmente una gira, harto de la velocidad en la vida de la banda, en el ’94). Le suma Little By Little para que el estadio sea un solo coro y vuelve Liam para dos tema de Be Here Now, un disco que su hermano consideró maldito pero ahora perdonó. Tocan D’You Know What I Mean y la gloriosa Stand By Me.
Le dedican Cast No Shadow a Richard Ashcroft (el líder de The Verve abrió la velada con un set impecable), la banda parece desgarrarse en Slide Away y tocan el suelo en Whatever. Se acerca el primer final y suena la obra cumbre de Noel Gallagher: “vamos a vivir para siempre” juran en Live Forever y aparece la imagen de Diego Armando Maradona en la pantalla central, mientras Liam lo reverencia y le dedica la siguiente canción, Rock ‘n’ Roll Star.
Los bises arrancan con The Masterplan, un tema enorme que fue apenas un lado B de un single y el tiempo puso en su lugar. “¿Listos?” pregunta Noel a la gente, como si solo hubiera aceptado reunir Oasis para lo que viene, en ese momento y en ese lugar. Y suena Don’t Look Back In Anger con su estribillo hecho para ser cantado en ese momento y en ese lugar.
Podría terminarse todo ahí si no fuera porque aún queda otro himno como Wonderwall y el final (ahora si) con Champagne Supernova. Y en medio de los fuegos artificiales, las pantallas proyectan la figura triunfal de los hermanos: Noel con su guitarra, Liam con la pandereta como una corona.
Y de las tres certezas iniciales, a la duda razonable de si esto se termina acá o hay más capítulos para Oasis. La máquina funciona económicamente, musicalmente y familiarmente.
Ellos lo saben.
Juan Ignacio Carrizo
Comentarios de las entradas (0)